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lunes, 13 de febrero de 2012

Libros No. 3 Plataforma, de Michel Houellebecq

Plataforma

Michel Houellebecq

Anagrama, 317 p.



 No pierdas tu tiempo
 Solo para fans del autor o interesados en el tema
 Vale la pena leerlo
 Muy recomendable
 Absolutamente imprescindible

Plataforma es una novela de Michel Houellebecq publicada por primera vez en francés en 2001. Houellebecq es uno de los autores franceses más leídos. Esta novela de inmediato se posicionó como todo un fenómeno literario.

Los temas de esta novela son varios. Es una crítica y una sátira a la sociedad europea contemporánea, tan sumida en el consumismo y en el hedonismo, pero totalmente vacía y aburrida. Es también una crítica al modelo económico capitalista, una burla al modo de vivir europeo, específicamente el modo de vivir francés. Podría considerarse, si no una apología, quizá una desatanización del turismo sexual. En el fondo, Plataforma es una novela sobre la sexualidad. ¿Qué papel juega el sexo en nuestras vidas? Y no solo eso, es también una novela sobre el amor, el placer y la sensualidad. Ya que el autor no tiene ningún reparo en decir las cosas como son, la novela podría herir las susceptibilidades de algunos, o, peor todavía, podría hacer pensar a un lector superficial que se trata de una novela pornográfica y vulgar. Una lectura frívola puede dar esa impresión, pero el lector agudo encontrará una novela digna de aplauso y encomio, y de inmediato se convertirá en entusiasta seguidor del autor.

Los personajes principales son:
Michel, funcionario del Ministerio de Cultura.
Valérie, joven de veintiocho años, amante de Michel; empleada en una gran empresa turística, colaboradora y mano derecha de Jean-Yves.
Jean-Yves, directivo de Nouvelles Frontières, jefe de Valérie.

La novela está estructurada en tres partes, de las cuales la segunda es la más extensa: Trópico Tailandés, Ventaja Competitiva y Pattaya Beach. Es una novela no compleja, sin historias paralelas ni tramas entrecruzadas; es lineal y se desarrolla de principio a fin, sin flashbacks ni flashforwards –en todo caso, las referencias al pasado sirven solo para introducir a un personaje. La lectura es vertiginosa desde las primeras páginas. La historia puede resumirse así:

Michel Renault contrata un viaje a Tailandia en el que conoce a Valérie, que, de vuelta a París, se convertirá en su amante. Muy pronto él se mudará a vivir con ella. Valérie trabaja en Nouvelles Frontiéres, bajo las órdenes de Jean-Yves. Más tarde, Jean-Yves recibirá una oferta de trabajo de Aurore, operador de hoteles número uno de Francia, y se llevará a Valérie con él, con un sueldo mucho mayor para ambos; un gran salto profesional. La misión de Jean-Yves será sacar a flote la cadena de hoteles Eldorador, de la cual será director. Él, Valérie y Michel viajarán de incógnitos a Eldorador Cuba para ver el funcionamiento del hotel. Ahí Michel tendrá una visión: un hotel en donde la prostitución sea libre y totalmente legal. La idea es un chispazo que a Jean-Yves le parece genial. Los tres se avocarán a la tarea de implementar Eldorador Afrodita en varias unidades, para lo cual entrarán en contacto con el operador alemán de viajes número uno del mundo quien verá en esta iniciativa una buena ocasión para hacer mucho dinero. Todo va viento en popa, el éxito es inmediato. Esta idea promete no solo sacar a flote a la cadena Eldorador, sino convertirla en un negocio sumamente rentable. Hay tanto entusiasmo que Valérie y Jean-Yves están seguros que los accionistas de Aurore los recompensarán con un muy generoso paquete de acciones. Por desgracia, Eldorador Afrodita de Tailandia sufre un atentado terrorista, no se sabe bien si a manos de fundamentalistas islámicos que detestan la prostitución, o de independentistas malayos. El caso es que las víctimas, casi todos turistas europeos, se elevan a más de cien, entre los que se encuentra Valèrie. El hecho, justo antes de año nuevo, causa conmoción en Europa. Los diarios dan cuenta de él y condenan el turismo sexual. La empresa Aurore se deslinda del proyecto, lo cual implica que la carrera de Jean-Yves está terminada. Michel sufrirá un deterioro en su salud mental que lo mantendrá por un tiempo en el hospital (a fin de cuentas amaba a Valérie). Michel regresará a Tailandia, en donde piensa envejecer y acabar sus días sumido en el anonimato y en la mediocridad. Desde ahí escribirá la novela.

Desde las primeras líneas Michel, de 40 años, se muestra como un tipo antipático, aburrido, amargado, pedante y egoísta, pero sobre todo mediocre. Consumidor de prostitución, masturbador empedernido, se gana de inmediato la animadversión del lector al hablar muy despectivamente de su difunto padre. Y lo cierto es que su carácter odioso y mediocre no desaparece en toda la novela. Una vez que el asunto de la muerte del padre queda arreglado, Michel decide salir de vacaciones a un paraíso sexual, y no sabe si su destino será Cuba (circuito Ron y Salsa) o Tailandia (circuito Trópico Tailandés, que da nombre a la primera parte). Finalmente se decide por este último y contrata el viaje organizado por Nouevelles Frontières: “Mis sueños son mediocres –explica–. Como todos los habitantes de Europa Occidental, quiero viajar.” (p. 31)


La narración del viaje es divertida, mordaz, y tiene como blanco de burlas y comentarios sarcásticos a los compañeros de viaje. Michel hace un retrato notable de su propia mediocridad: por ejemplo, el hecho de salir ataviado con un pantalón corto y una camiseta de Radiohead, atuendo de turista, o la faena de bajar al Health Club del hotel, el mismo día de su llegada, para recibir los servicios sexuales de una bella tailandesa. La narración de esa cópula es escueta, y a la vez muy bien lograda. El autor nos relata también el momento en que conoce a Valérie, quien, al parecer, es tan gris como él: “tenía el pelo largo y negro y una cara de yo qué sé, una cara que podría calificarse de modesta; ni bonita ni fea, a decir verdad.” (p. 45)

La primera parte del libro se centra en el tour por Tailandia. Valèrie juega un papel secundario. Parece que ella siempre quiere estar cerca de él, que lo busca, pero nada pasa en todo el viaje. Es más, de no ser porque Michel pregunta casualmente a Valérie, ya en el aeropuerto para tomar el avión de regreso a Francia, qué collar le vendría bien a una mujer rubia de ojos azules –se refiere a Marie-Jeanne, su compañera de trabajo, y aunque el concepto de “rubia de ojos azules” siempre impresiona, la verdad es que Marie-Jeanne es una burócrata tan opaca como él– quizá estos dos personajes nunca se hubiesen visto de nuevo. Michel le pregunta muy torpe y tímidamente si podrían verse en París, y Valérie le da su número móvil. 

En esta primera parte de la novela hay agudas observaciones sobre la economía, como aquella en la que, hablando del padre de Valérie, explica cómo la inversión especulativa, que no produce nada, triunfa sobre la inversión productiva (capítulo 6). O esta otra en la que el narrador confiesa que, a sus cuarenta años, no ha producido absolutamente nada, y la razón es que está en el sector servicios, y que cualquiera como él es totalmente prescindible y sustituible: “yo era un parásito modesto y no brillaba en mi trabajo, ni sentía la menor necesidad de fingir tal cosa.” (p. 82) A diferencia, claro está, de los parásitos vistosos, que son una buena parte de los franceses, representados por Léa y Babette, dos jóvenes, guapas, pero vulgares y frívolas, compañeras del tour. Tampoco faltan las burlas al ecoturismo.


En la segunda parte de la novela tienen lugar diversos acontecimientos: el reencuentro de Michel y Valérie, la contratación de Jean-Yves en Aurore y la misión de rescatar la cadena de hoteles Eldorador, el viaje a Cuba, el deterioro de la relación de Jean-Yves y su mujer, el florecimiento de Eldorador Afrodita, y una serie interminable de encuentros sexuales: tríos, cuartetos, swingers, sadomasoquismo y un largo etcétera. Es en estos encuentros sexuales donde un lector superficial podría perder el fondo de la novela. Por supuesto, las descripciones son explícitas, descarnadas, escritas casi biológicamente, y, pese a esto, francamente deleitables. El autor se revela como un verdadero maestro de la relación sexual.

Es muy notable cómo el autor nos presenta a Jean-Yves; este personaje es todo lo que uno podría desear. Es guapo, joven (35 años), rubio, muy exitoso, respetado en su profesión y gana montones de dinero. Es elegante y sin duda gusta a las mujeres. Todo mundo podría suscribir, sin dificultad, que una vida así es envidiable. Pero Jean-Yves es solo un personaje que representa los anhelos del europeo corriente. A pesar de todo su éxito, es un tipo tan gris y opaco como el burócrata Michel. La vida de Jean-Yves es un verdadero aburrimiento; es mediocre y, a los ojos de Michel, digna de conmiseración. Tiene una esposa atractiva que le engaña; él lo sabe, pero no le importa, a ese grado llega su apatía. No se divorcia por los inconvenientes económicos que ello implicaría. ¿Cuál es el sentido del trabajo y del dinero? ¿Para qué alguien quiere ser exitoso? En la medida que Jean-Yves gana más dinero, su vida es más mediocre. Llegará un punto en que Jean-Yves tenga relaciones con la nana de su pequeña hija de tres años, una chica menor de edad cuya vida, para no cambiar de tono, es gris y aburrida; y, para colmo, la chica se llama Eucharistie.

Volviendo al sexo, ya he dicho que este es el principal tema de la novela. Existe una frase que, en mi opinión, resume el espíritu de la obra:


“Los órganos sexuales son una fuente de placer permanente y disponible. El dios que nos hace desgraciados, que nos ha creado transitorios, vanos y crueles, también ha previsto este débil forma de compensación. Si no hubiera un poco de sexo de vez en cuando, ¿en qué consistiría la vida? Una lucha inútil contra las articulaciones que se anquilosan o la formación de caries.” (p. 189) 

Después de esta declaración, formulada desde la intimidad de una habitación de hotel en Cuba, Valérie y Michel tienen una memorable relación sexual con la mucama que se asomaba casualmente. Cuarenta dólares le da Michel, como propina; un mes de su salario, dice Valérie.

Michel se da cuenta del potencial que tendría la idea de montar una red de hoteles donde la prostitución sea legal. Es una cuestión de conveniencia. Por un lado, si bien los europeos han llegado a niveles de bienestar como nunca en la historia de la humanidad, viven absolutamente insatisfechos. Esa es la gran paradoja. Son los europeos infelices porque no encuentran satisfacción sexual: 


“buscan y buscan pero no encuentran nada, y son desgraciados hasta los tuétanos. Por otro lado tienes varios miles de millones de individuos que no tienen nada, que se mueren de hambre, que mueren jóvenes, que viven en condiciones insalubres y que solo pueden vender sus cuerpos y su sexualidad intacta.” (p. 214) 

Con estas premisas, Michel ve un negocio mucho más grande que la informática. 

El problema de la insatisfacción sexual de los europeos occidentales puede resumirse en el hecho de que son incapaces de dar placer, lo que en el fondo es una cuestión de individualismo y egoísmo:


 “ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural. No sólo se avergüenzan de su propio cuerpo, que no está a la altura de las exigencias del porno, sino que, por los mismos motivos, no sienten la menor atracción hacia el cuerpo de los demás. Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal, de un cierto estado de dependencia y debilidad” (p. 216)

La tesis es escandalosa: es imposible tener buen sexo en Europa. Si uno quiere tener sexo, dice Michel, la opción son los países del Tercer Mundo. En efecto, el europeo está atrapado en un discurso individualista, egoísta, y teme a toda clase de alienación. Si es verdad que el buen sexo solo puede darse en condiciones de entrega, desdoblamiento, debilidad y dependencia, pues entonces los europeos tienen un serieo problema. Y si los problemas sexuales se convierten en histeria, como decía Freud, pues ya se imaginarán ustedes lo que sigue.

La actitud de Michel y Valèrie hacia el sexo es de entrega total. Uno pensaría que son unos disolutos pecadores, pero si se lo ve desde el punto de vista del abandono de sí mismo, el sexo puede llegar a niveles tántricos, espirituales. Hay una escena que ilustra muy bien este punto. Después de haber estado trabajando todo el sábado con Jean-Yves en el proyecto Eldorador Afrodita, Michel y Valèrie deciden relajarse un poco y van al club swinger 2+2. Ahí conocen a una simpática pareja de negros, él un baterista, y ella una enfermera. Sin entrar en detalles del acto sexual, el punto es que Michel tiene una experiencia tan intensamente placentera que rebasa el ámbito meramente corporal para situarse en un estrato sublime, casi espiritual. Michel siente tanto placer que sale de sí y casi desmaya. De esto trata la novela: de esta forma de placer, y de la imposibilidad de los europeos de acceder a ella, y de ahí lo gris, aburrido y ordinario de la civilización occidental. (La escena se encuentra entre las p.p. 226 y 228).

Hay otro tema en la novela que no podemos dejar atrás. Por un lado tenemos a los europeos necesitados del sexo que solo el tercer mundo les puede brindar. Por otro lado tenemos a Tailandia, paraíso sexual, en donde hay fundamentalistas islámicos. ¿Cómo es posible el entendimiento entre dos civilizaciones, una profundamente hedonista y egoísta, y otra totalmente fundamental e intransigente? No hay posible entendimiento. Todo lo que se diga será en vano. Y esto ya se sabe. Lo interesante de la novela es que nos lo expone desde la perspectiva del sexo. En el momento en que Valèrie –estando en Tailandia con Michel y Jean-Yves, celebrando el éxito de Eldorador Afrodita y recibiendo el año nuevo– se cuestiona sensatamente si quiere continuar su vida de empleada con jornadas de 90 horas semanales y un montón de euros, a cambio de perder su libertad y estar condenada a una vida gris e intrascendente, o bien ocupar la gerencia de Eldorador en Tailandia con un sueldo mucho menor –cosa que Jean-Yves desde luego le cumplirá–, y aspirar a una vida más tranquila, en medio de un paraíso tropical, llena de sol, una existencia verdaderamente placentera; decía que en el momento en que Valèrie se cuestiona esto, sucede el terrible atentado al que ya me he referido, que aniquila en un abrir y cerrar de ojos el proyecto, acaba con la carrera de Jean-Yves y, final triste, señoras y señores, acaba con la vida de Valèrie. Final brutal: no solo el europeo está condenado a su aburrida y estúpida civilización y a vivir por siempre insatisfecho en lo sexual, sino que tampoco es posible el entendimiento entre dos esferas culturales antagónicas, una hedonista y otra bestialmente fundamentalista. Es verdad que el autor odia al Islam. Vale la pena leer el manifiesto anti-islam que aparece en las páginas 222 y 223. Pero también es verdad que el autor desprecia occidente. Hacia el final del libro, esta frase resume el espíritu de la novela:


“Seguiré siendo hasta el final un hijo de Europa, de la angustia y de la vergüenza; no tengo ningún mensaje de esperanza. No odio Occidente, todo lo más lo desprecio con toda mi alma. Sólo sé que, tal como somos, apestamos a egoísmo, masoquismo y muerte. Hemos creado un sistema en el cual ya no se puede vivir; y lo que es más, seguimos exportándolo”. (p. 315)

En fin, es una gran novela. Hay que leer entre líneas. Hay mucho, mucho que descubrir. Es una de esas obras que pueden leerse varias veces. Yo diría que es imprescindible.

Venus ReX
Houellebecq

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